Efraín Velasco Sosa

Efraín Velasco Sosa (Oaxaca, 1977) Poeta y artista conceptual con estudios de arquitectura e historia del arte. Autor de los libros & mi voz tokonoma (Premio nacional de poesía joven Elías Nandino, 2008), 4’ 33” (2015) y Sostiene Gruñón (2015). Ha sido incluido en antologías como El lejano Oriente en la poesía mexicana (en edición), San Diego Poetry Annual (2015), País de sombra y fuego (2010), y El vértigo en los aires, poesía latinoamericana (2007), entre otras. Parte de su obra ha sido traducida al inglés y al serbio, y sus exploraciones entre imagen y texto se han exhibido en distintos espacios expositivos como el Museo de Arte de Blaffer (EE. UU.), El Matadero (España), el Museo Nacional de Bellas Artes (Chile) y el Centro Cultural de España en México, entre otros. Además de participar lecturas en diferentes foros del país, así como en Colombia, EE. UU. y Serbia. Fue becario del FONCA en la edición de Jóvenes Creadores (2008-2009). Actualmente es director de la Biblioteca Pública Central de la ciudad de Oaxaca.


FRAME 350

I

II

[…] entonces me asaltó un terrible presentimiento. Vi de reojo un claro de bosque y volví la vista a él. Todo fue instantáneo. Es decir, el pulman no dejó de avanzar y en un golpe de vista, vi un grupo de liebres cimarronas corriendo. Después entendí que perseguían a la que encabezaba la formación. Todo fue instantáneo. La escena que alcancé a ver fue justo cuando las liebres perseguidoras se abalanzaban en un último impulso, arrojándose con saña sobre la liebre primera. Le clavaban las garras y los dientes. Esos dientes de roedor, tan agudos y tan impíos, de ese calcio tan primitivo que no han parado de crecer desde la antigüedad y que ahora iba a seguir creciendo, lo imaginaba, bajo esa piel tan suave y parda de la liebre que ya estaba revolcándose. Todo fue instantáneo. Alcancé a recordar dos animalísticas. La libre que Durero dibujo abotagada y que no representaba ningún peligro. Tal vez por los músculos distendidos o tal vez porque detrás en una cara rubicunda escondía sus dientes malignos y parecía que sonreía hipócritamente. Durero también dibujo Melancolía, y melancolía era un ángel que tenía los pies sobre un dodecaedro. Las liebres corrían desenfrenadas, geométricas diría, y aunque ahora todo lo recuerdo en cámara lenta, había sido instantáneo. Una bandada de liebres en formación de ataque. Recuerdo también una pintura de Remedios Varo que recientemente Christie’s remató en una subasta dedicada a los surrealistas. No recuerdo cuánto fue la puja inicial, lo leí en uno de esos catálogos que alguno lleva o olvida en el consultorio del dentista. Aunque pensándolo bien, no recuerdo haber visitado al dentista en los últimos años. Es necesario visitar a los médicos de vez en cuando. Los años pasan tan rápido que cuando te das cuenta… Es que todo es instantáneo. La pintura de Varo representaba un entretenimiento antiguo y vago. A manera de la lucha en la que perros entrenados hostigaban a un oso en el siglo XIX. En medio de un foso, un grupo de liebres salvajes atacaba un caballo. Éste se sacudía a un par que ya habían alcanzado a tomarlo, después de un coceo alto y furioso, una liebre se le alcanza a ver sostenida con garras y dientes de la grupa. Un ataque detenido. Instantáneo. Me arrellané en el asiento pensando lo que dijo Luis Alberto alguna vez: no sería este espacio que me limita –este texto, p.e.– no será una nave intergaláctica, una especie de objeto volador que no llegamos a identificar todavía. Lo cierto es que cuando volteé a ver como se alejaba la liebre solitaria, aún le pude distinguir algunas manchas de sangre en las alas.

 * * *

III

Al centro del coso, iluminado por el haz deficiente

de un reflector, una bestia

cercada por liebres cimarronas

[Aún en lo oscuro se adivina

su corpulencia equina].

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Dos jaulas de metal a los costados de la empalizada.

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Una alta, oblonga.

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De la pequeña salta la última liebre, la séptima.

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Una liebre aferrada a la grupa.

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El caballo cocea.

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Los cuartos traseros iluminados,

la mitad del cuerpo fuera de la luz. Fuera del círculo de confort.

 * * *

Tras la sacudida, la liebre deja un corte profundo.

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Una liebre salta al vacío. Busca en la oscuridad la garganta del caballo.

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Patas extendidas y cuerpo arqueado a mitad del impulso.

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Dos liebres reculan, evitan la caída de los cascos.

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Una liebre alarga el paso,

con el lomo erizado atraviesa la arena.

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Una liebre aplastada.

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Aún el brillo acuoso de los ojos saltados.

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Los tendidos llenos.

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Al frente, dos figuras.

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Un sujeto rollizo echado hacia adelante,

la mirada fugada hacia un punto fuera del ruedo [Charles].

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Calvo y nariz gibosa, bigote húngaro unido a una

barba cerrada

cuello ancho, pajarita desabotonada, catadura

sanguínea, hondas

comisuras palpebrales.

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Ella, La duquesita.

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Detrás, la turba se enfosca en la hondura.

[corte a: claro de un bosque].

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